Los viejos guardianes de la bahía todavía no piensan en jubilarse, ya no pueden ayudar a los peces que se acercan a la orilla, se sientan con la soberbia de haber calentado el asiento por años y creen tener la capacidad de poder enseñar a los jóvenes. No conservan sus almas de lideres que pudieron haber tenido en su pasado y prefieren ganar unos billetes antes que cumplir con su tarea. En lugar de haber crecido en un campo de bellas flores e iluminar el camino de los otros, solo han conservado las espinas, las mismas que se clavan en lo profundo del ser.
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