No tengo palabras, la tristeza me consume, estoy pálido. Hace tiempo que soñaba con ángeles y demonios, hoy en cambio, mis sueños tienen un olor a desgracia, la pesadez de mis parpados impiden el caer de las lagrimas. Mi guitarra suena desafinada, mi voz perdura, destruida, entre las cuatro paredes de mi habitación. Mi cama destendida y vacía, aclama la compañía del alba, que ya no me alumbra en las madrugadas. Cuando el fin es el principio de algo mejor, entonces me pregunto si realmente antes estaba peor que hoy. Mi sonrisa opacada por la agonía, destruye la sintonía en la cual debería vivir.