Tarde negra en la ciudad de Buenos Aires, los pájaros no cantan como lo hacen a menudo. El calor no agobia los cuerpos en la acera y los pensamientos están distantes y vacíos. El sabor amargo en la boca, el agravio provocado por las notas y el despertar de un nuevo amanecer me dejan atónito. El transporte esta escondido ya que no quiere mojarse con la mala fortuna. Para que todo no se vaya por la borda a veces es necesario tirar el ancla.
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