Con la pólvora mojada el delantero intenta jugar sus ultimas fichas. Las piernas ya cansadas no le responden, sus movimientos lentos entorpecen a sus compañeros, sabe que los minutos se acaban y todos dependen de él. Sabe que no llega como banca pero a fuerza de goles ocupa un lugar en la cancha, aquella por la que respira día a día.