El escritor se encuentra en la silla de la verdad, las presiones, las obligaciones y las notas de color lo dejan agobiado. Entre tantos detalles, el contexto pasa desapercibido, el placer se esconde en un movimiento de ajedrez. La maravilla deja de enumerarse con el correr de los días y los verbos rebotan en la caja de los sesos. Cuando dios se decidió claramente estaba perdido.