Luego de diez horas de acecho mundano, mi cuerpo siente que le han dado una paliza, la tos sigue atosigando mis pulmones. La transpiración me destruye el aguante. Pero esta madrugada será distinta al resto, por lo menos se que cuando en unos minutos cambie mis ropas y me sumerja en mi cama, se que me puedo ir contento porque por lo menos enternecí algo de ese supuesto frío corazón.