La primer palabra atraviesa la puerta, saluda a la multitud y se sienta en la última silla. Espera que la presenten ante la gran comunidad, su ansiedad la desvela por las noches, su figura se ajusta entre el interlineado y su firmeza intenta hacerse presente en este papel arrugado. Entre ruidos, onomatopeyas y exclamaciones, ella siente que ha sido abandonada, nunca fue presentada, nunca se pusieron cerca de ella y cuando quiso emitir una opinión no fue escuchada. Con la mirada perdida ella recogió sus cosas, se levantó y salio hacia la puerta. Y así fue como un hola sin presentar fue un chau sin saludar.
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