París, 1984, un día especial, típico para ser un simple día, es uno de esos momentos que tiene un aroma a flores silvestres, a pétalos de rosas, a jazmines embotados en la pared. El silencio permite poder escuchar los aullidos del lobo, se puede sentir el miedo de la gente ante este hermoso espectáculo, y la luna disfruta para ella misma ser la única concurrente en esta noche llena de estrellas.
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