Dicen que los escritores a veces sufrimos lapsos de sequía mental, un absceso que a medida que crece entorpece nuestro sistema. En esos momentos que ni siquiera las musas nos inspiran, que el daltonismo nos cierra hasta la imaginación. Esos pequeños segundos que se creen perdido en el centro de una nebulosa. Allí es cuando directamente tenemos la obligación de frenar, dar una vuelta de rosca y salir con los tapones de punta a levantar muñecos. Por suerte la música siempre me salva en estas situaciones.